jueves, 14 de enero de 2021

Falta la visión afrodescendiente

 

MONTEVIDEO (EFE).— A raíz de la polémica sanción impuesta en el fútbol inglés a Edinson Cavani por usar el término “negrito”, convertido casi en una afrenta del imperio británico a toda una nación, la cuestión sobre si hay racismo o no en la expresión necesitaba la mirada del mundo afro de Uruguay, país natal del futbolista.

La expresión en el país sudamericano de 3.3 millones de habitantes, la mayoría de los cuales desciende de inmigrantes y una parte tiene raíces africanas, suele usarse de manera cariñosa, pero también puede ser una delgada línea roja.

Sancionado por la Federación Inglesa de Fútbol con 100,000 libras y tres partidos por responder en Instagram a un seguidor con la expresión “gracias negrito”, Cavani despertó revuelo en Uruguay, donde la etiqueta #GraciasNegrito fue trending topic en Twitter.

De uso común en el español rioplatense y diversos dialectos latinoamericanos, incluso la Academia Nacional de Letras de Uruguay argumenta que formas como “negri”, “negrito” o “negrita” pueden ser apodos para expresar cariño.

En la historia del fútbol uruguayo destaca el caso del capitán de la selección campeona del mundo en 1950, Obdulio Varela, quien pasó a la historia con el mote de “El Negro Jefe”.

Eduardo Galeano narraba en su cuento “Los negros” (de “El fútbol a sol y sombra”) que en el primer campeonato sudamericano (1916) Uruguay fue acusado por Chile de “alinear a dos africanos”, Isabelino Gradín y Juan Delgado, ambos bisnietos de esclavos. La Celeste era la única selección del mundo “que tenía jugadores negros”.

Tomás Olivera, representante de la asociación afrouruguaya Africanía, recuerda que el término es “común y corriente” en castellano y no es “nada ofensivo”.

“A veces me dicen ‘negro’ o ‘negrito’ y me lo han dicho con cariño. Uno se da cuenta en la forma, en la expresión, cuándo es algo peyorativo, cuándo es algo insultante y cuándo algo es un término cariñoso”, asegura.

Olivera, escritor y activista de 83 años, está convencido de que, como la sanción se da en un medio cultural distinto, no toma en cuenta aspectos clave.

“Cavani es una persona que ha demostrado más de una vez que es muy respetuoso del ser humano (...) desde el punto de vista sentimental y social”.

Una postura similar es la del compositor afrouruguayo Rubén Rada, quien, si bien no quiso dar declaraciones, ha manifestado su apoyo a Cavani, en línea con la defensa que ha hecho públicamente de su apodo “El Negro Rada”, que no solo no le molesta sino que le gusta.

“Me encanta que me digan ‘Negro Rada’. Antes la gente quería suavizar y decían ‘el pardito’, ‘el morenito’, ‘el morocho’. No, la palabra es negro”, ha admitido el ganador en 2017 del Grammy a la Excelencia en la música.

Una visión distinta la expresan nuevas generaciones de activistas, como Lucía Martínez, quien considera que esto fue “más allá” de Cavani, ya que el fútbol “tocó la fibra” de los uruguayos con una defensa que demuestra desconocimiento y racismo.

Señala que en los mensajes en Twitter de personas blancas justificando por qué “negrito” es aceptado llama la atención la omisión de la postura afro.

“Me parece que es el negro, la negra el que tiene que determinar si ese término es cariñoso o no lo es y el uruguayo ni siquiera puede tener la empatía para ponerse en el lugar de decir: ‘Yo, que soy blanco, estoy determinando si el otro se puede ofender o no’”, expresa.

A eso agrega que como la afrodescendencia “está en la piel” no es preciso mandar un correo de aviso de que usar esos apodos es “referirse cariñosamente a alguien por su color de piel”.

“Ahí sigues en una rosca que es racismo estructural, lo mires por donde lo mires, el racismo metido totalmente en la fibra del uruguayo y él sin poder discernirlo. Entran en la justificación y te cuentan la historia de que mi padre me decía ‘negrito’ o ‘negrita’”, sostiene.

Un análisis más profundo es el de la artista y militante del Bloque Antirracista Mayra da Silva, quien manifiesta que, si bien se desconoce su raíz, la palabra “negrito” remite a “un período bastante doloroso como fue el de la trata esclavista”.

Aunque en su opinión “la intención de Cavani no fue racista”, considera que hay que pensar también en lo que implica históricamente la palabra, es decir, su uso en la época del esclavismo, un crimen de lesa humanidad.

“Los negritos en ese período eran los hijos de las mujeres esclavizadas que también eran vendidos con sus madres o solos. Los modismos llevan a quitarle la connotación negativa y evolucionar el término a un lado afectivo, amistoso”.

“Hasta que no se comprenda que el período esclavista aún afecta y repercute en la población afrodescendiente, que hay consecuencias reales hasta el día de hoy, va a ser muy difícil poder dar un debate real, trabajar el tema y deconstruir algunas expresiones”, opina.


jueves, 7 de enero de 2021

La toma del Capitolio y la decadencia del imperio bipartidista estadounidense


El asalto al Capitolio por parte de seguidores de Trump, durante la sesión conjunta del Congreso para certificar la victoria electoral de Joe Biden y Kamala Harris, presagian más inestabilidad para el proyecto imperialista de Estados Unidos, tanto en el escenario nacional como internacional. Es un nuevo capítulo, que profundiza la crisis de legitimidad del régimen estadounidense.

Si una imagen vale más que mil palabras, entonces la fotografía del delirante líder de QAnon, Jake Angeli, sin camisa, con cuernos y cubierto de pieles en medio del edificio del Capitolio de los Estados Unidos, constituye el próximo capítulo en la historia de la decadencia del imperio estadounidense.

El mundo observó, estupefacto, cómo una horda de furiosos seguidores de Trump trepaba las paredes del Capitolio, y eran (bien) recibidos por la Policía, dentro del edificio. Los analistas y presentadores de noticias dicen que esta es otra aberración más de la era Trump, y los aullidos de muerte de la presidencia de una estrella de reality shows, pero los eventos de ayer no surgieron de la nada: son la última expresión de una profunda crisis de legitimidad del régimen estadounidense.

Los eventos de este miércoles durante la sesión conjunta del Congreso para certificar la victoria electoral de Joe Biden y Kamala Harris presagian más inestabilidad para el proyecto imperialista de Estados Unidos, tanto en el escenario nacional como internacional.


La decadencia de un imperio podrido

Está claro que no hay vuelta atrás para el imperialismo estadounidense. Con las imágenes de ultraderechistas abriéndose paso hacia el edificio del Capitolio volviéndose virales en todo el mundo, la hegemonía ya debilitada de los EE. UU. está en duda hoy más que nunca. El mundo vio en tiempo real cómo un presidente en funciones convocó una manifestación frente al Capitolio y arengó a los manifestantes en un discurso incendiario denunciando tanto a los demócratas de “extrema izquierda” como a los republicanos débiles que se negaban a hacer frente a una "elección robada". Vieron cómo, solo minutos después, los partidarios de Donald Trump llevaron sus palabras a la acción y asaltaron el Capitolio.

Como la verdad supera la ficción, todos los líderes mundiales de los países imperialistas y semicoloniales han salido a condenar los actos de violencia en el Capitolio, instando a los partidos e instituciones estadounidenses a encauzar el proceso electoral en un curso pacífico. Incluso el Gobierno venezolano ha enviado una carta expresando su preocupación por la violencia y condenando la polarización que "refleja la profunda crisis del sistema político y social".

Pero no hay que caer en el error de creer que el asalto al Congreso en Washington es obra de un loco. Más bien, es un nuevo (y profundo) capítulo de una larga historia de declive de Estados Unidos, y sus consecuencias internacionales no pueden subestimarse.

Si de algo se ha jactado el imperialismo estadounidense, es de promover golpes de estado, cambios de régimen o invasiones militares directas en los países del llamado "sur global", y todo eso lo hizo en nombre de la defensa de su "democracia perfecta". Este miércoles todo mundo pudo observar la crisis de esa "democracia" en todo su esplendor. Si algo necesita un imperio para garantizar la estabilidad de su dominio, eso es la hegemonía, y la hegemonía de Estados Unidos pende de un hilo.

En sus cuatro años en el cargo, Trump no llevó hasta el final su programa proteccionista pero si logró cambiar la agenda internacional: se distanció de los aliados tradicionales de Estados Unidos como la Unión Europea, se embarcó en una guerra comercial con China, hizo estallar el acuerdo nuclear con Irán, impuso un nuevo acuerdo comercial con México que es aún más favorable a los intereses imperiales, y superó las expectativas del Partido Republicano en su alianza estratégica con el Estado de Israel.

Sin embargo, esta doctrina agresiva de Trump de "America First" (Estados Unidos primero) no conformó ni para los imperialistas locales ni a los extranjeros. No es lo mismo ser el "policía del mundo" cuando hay consenso burgués que cuando no lo hay. Por eso la actual crisis orgánica en Estados Unidos tiene consecuencias internacionales inmediatas. Lo que queda por ver es cuáles serán las profundas consecuencias de la crisis interna en Estados Unidos para el resto del mundo. El Gobierno de Joe Biden tendrá que afrontar la tarea de recomponer una hegemonía que se ha visto cada vez más golpeada en las últimas décadas por factores tanto endógenos como exógenos a la política exterior oficial de Estados Unidos.


Promesas de inestabilidad y trumpismo

El asalto al Capitolio ha puesto de relieve los contornos de la crisis que enfrenta el régimen estadounidense. Mientras Biden y Harris se preparan para asumir el cargo en las próximas dos semanas, y mientras el Partido Demócrata se enfrenta a la realidad de que liderará tanto el ejecutivo como el legislativo en medio de una profunda crisis social y económica, se enfrentan a la posibilidad de que la ventana para el “regreso a la normalidad” que prometieron a los votantes se esté estrechando. Ciertamente, este hecho marca el fin de la ilusión de una transición pacífica de regreso al proyecto neoliberal bipartidista de los años de Obama.

Por un lado, los hechos ocurridos ayer en el Capitolio revelan una consolidación del sector más reaccionario de la base social de Trump que se movilizará en su nombre para desafiar una elección que consideran "robada" por los llamados "sectores de extrema izquierda" del Partido Demócrata. El asalto al Capitolio no fue una insurrección o un golpe de Estado como insinúa la prensa burguesa, pero sí muestra a una extrema derecha que, lejos de aceptar la derrota después del 3 de noviembre, se ha envalentonado durante la transición. Es la misma extrema derecha que se movilizó contra las protestas de Black Lives Matter este verano, contra las restricciones de Covid-19 y para el recuento de votos en estados clave durante las elecciones.

Pero los protofascistas armados, QAnon o Proud Boy no fueron los únicos que protestaron frente al Capitolio. Miles de personas de todo el país vinieron a apoyar a Donald Trump y a denunciar lo que ven como la corrupción de las instituciones estadounidenses por parte de políticos progresistas, alimentando todo el odio hacia los chivos expiatorios favoritos de la derecha: inmigrantes, afroamericanos, latinos, personas LGBTQ, etc.

Estos sectores -un conglomerado de personas de clase media y trabajadora descontentos por años de ataques neoliberales a su nivel de vida- no aceptan a Biden ni a los demócratas como sus representantes. De hecho, más del 75% de los republicanos no cree que los resultados de las elecciones sean válidos. Y ahora que el establishment del Partido Republicano, desde Mitt Romney hasta Mitch McConnell y ahora Mike Pence, se ha puesto en contra de Trump, se encuentran una vez más sin representación política en los pasillos del Congreso. Como han demostrado las manifestaciones masivas y sin tapabocas de partidarios de Trump en las últimas semanas, una minoría significativa de la población - 39% según encuestas recientes- está desilusionada con el proceso electoral democrático burgués que llevó a Biden al poder; muchos continúan viendo a Trump como su líder legítimo.

Esto plantea un serio desafío para la administración Biden-Harris en el corto y mediano plazo, no por la posibilidad de más movilizaciones de extrema derecha como las del Capitolio, sino por la oposición que los demócratas enfrentarán por parte de los políticos republicanos que intentaran atraer a esta base trumpista mientras mantienen distancia del propio Trump.

En este momento, el establishment, desde los republicanos y demócratas hasta el ejército, está unido contra Trump y la extrema derecha cuya violencia reaccionaria amenaza con arrancar la frágil máscara de la farsa de la democracia estadounidense. Forzados a una alianza incómoda, se dan cuenta de que tales acciones de un sector de las masas representan una amenaza para su histórico control del poder y su capacidad para llevar a cabo el proyecto imperialista estadounidense con impunidad. Por ahora, están unidos para apoyar la legitimidad de la administración Biden y poner fin al caótico populismo de Trump.

“Trump y yo hemos tenido una travesía increíble, pero ya es suficiente ... [Biden] ganó. Es el presidente legítimo de los Estados Unidos ”, dijo el senador de Carolina del Sur Lindsey Graham desde el piso del Congreso, rompiendo con su apoyo de larga data a Trump. Además, la mitad de los senadores que se comprometieron a oponerse a los resultados del Colegio Electoral el miércoles rescindieron su disidencia después de que los grupos de extrema derecha se abrieron paso en la sesión conjunta del Congreso. La senadora de Tennessee Marsha Blackburn, quien anteriormente se unió a Ted Cruz y Josh Hawley en su plan para impugnar los resultados a favor de Biden, dijo el miércoles por la noche que "votaría a favor de la certificación de los resultados del colegio electoral". Ahora se informa que el gabinete de Trump supuestamente está considerando invocar la Enmienda 25 para destituir a Trump de su cargo y permitir que Mike Pence termine los últimos 14 días de su mandato. Si bien es poco probable que esto suceda, muestra que el establishment está dispuesto a hacerle un daño duradero a la institución presidencial al destituir a un presidente en ejercicio por no poder cumplir con sus deberes en aras de tratar de recuperar un punto de apoyo en el corto plazo.

En otras palabras, el establishment se está uniendo, hasta ahora, para expulsar a Trump en aras de la estabilidad, pero no está claro cuánto durará esta alianza después de que Biden tome el poder y los republicanos busquen recuperar el Senado y capturar la Cámara Baja.


Crisis en la coyuntura

Pero, por supuesto, estos nuevos desarrollos no son los únicos obstáculos que enfrenta la administración entrante, sino más bien parte de una crisis social, política y económica mucho más profunda del capitalismo.

Biden y Harris fueron llevados al poder en gran parte por las generaciones recientemente radicalizadas que son base del sanderismo (Bernie Sanderds) y del movimiento Black Lives Matter, que fueron conducidos con éxito hacia una políitca de mal menor para sacar a Trump. Pero este apoyo ahora obliga a Biden y Harris a lidiar con las expectativas de sus votantes, que quieren cancelar la deuda universitaria, ver el fin del asesinato de personas negras por parte de la policía, que quieren un seguro médico asequible y luchar contra el cambio climático, todo lo cual el Partido Demócrata, como partido del capital, no puede cumplir.

Las expectativas liberales de un regreso a la era de Obama o, incluso más ilusorias, del New Deal no son más que falacias. Biden no está asumiendo el poder en una situación propicia para el equilibrio capitalista en general, y mucho menos para el imperialismo estadounidense. La nueva administración tiene que gestionar la crisis provocada por la pandemia y la recesión.

Primero, la administración lenta y discrecional de las vacunas ya está generando mucha tensión. Es evidente para amplios sectores que las vacunas generarán grandes beneficios para las odiadas Big Pharma y que se aplicarán primero a los sectores más privilegiados a nivel mundial. Pero lo que es más importante, no está claro que la economía de Estados Unidos pueda recuperarse rápida y eficazmente, o que esta recuperación se mantenga. Todavía no hay un plan B para la recuperación de las ganancias capitalistas a los niveles anteriores a la crisis en 2008. Esto sin mencionar la competencia interimperialista en curso con China y la UE que coloca al imperialismo estadounidense en una situación más vulnerable de lo habitual.

Y ahora que los demócratas han ganado con éxito el Senado después de obtener dos escaños en las elecciones de segunda vuelta de Georgia, tendrán más dificultades para esconderse detrás de las disputas bipartidistas como excusa para no otorgar concesiones a la clase trabajadora, que carga con el peso de la crisis capitalista. Además, se enfrentarán al hecho de que liderarán tanto el poder ejecutivo como el legislativo en medio de una recesión económica que seguramente significará más ataques a la clase trabajadora para salvar los intereses capitalistas, como ya presagia la elección que hizo Biden de los miembros para su gabinete.

Eso sin mencionar el hecho de que el Partido Demócrata se enfrenta a su propia crisis interna entre el ala del establishment, liderada por Nancy Pelosi y Chuck Schumer, y el ala progresista, encarnada en el Squad ("Escuadron", las legisladoras consideradas más de izquierda lideradas por Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar, Ayanna Pressley y Rashida Tlaib) y Bernie Sanders -que son la expresión política del creciente descontento con el liderazgo del Partido Demócrata. Esta insurgencia ha logrado contener un creciente movimiento de izquierda en los Estados Unidos y revitalizar al Partido Demócrata. Pero como los demócratas probablemente se vean obligados a implementar medidas de austeridad en el futuro, estas tensiones probablemente llegarán a un punto de ebullición. Aunque el Partido Demócrata ahora está unificado en su objetivo de llevar a Estados Unidos a la próxima gran "Restauración" después de cuatro años de Trump, sus divisiones internas -la creciente expresión hacia la izquierda de polarización política y una crisis de representación en la diversidad de la base del Partido Demócrata- simplemente han sido remendados y no pueden ser contenidos para siempre en un contexto de crisis capitalista.


El Partido Republicano frente al precipicio

Las divisiones sobre la certificación de los votos del Colegio Electoral el miércoles ya mostraban una profunda crisis que envolvía al segundo de los dos partidos imperialistas más poderosos del mundo, pero la reacción del Partido Republicano al asalto al Capitolio solo ha acelerado este proceso, creando divisiones cada vez más profundas entre los republicanos del establishment y el ala Trump.

Estas fracturas dentro del partido llegaron a un punto crítico más recientemente cuando el senador Mitch McConnell, un ferviente partidario de Trump durante su presidencia, se enfrentó cara a cara con Trump sobre el proyecto de ley de estímulo y el presupuesto de defensa. Fue aún más allá cuando en el período previo a la sesión conjunta del Congreso McConnell instó a los republicanos del Senado y la Cámara a no desafiar los votos del Colegio Electoral a favor de Biden.

A McConnell se le unió Mike Pence, otro aliado permanente aunque tibio de Trump, lo que provocó la ira de Trump. Estas rupturas marcaron un cambio en la tolerancia de los republicanos del establishment hacia el espectáculo político unipersonal de Trump. Lo que terminó enfrentando a McConnell y sus aliados con los qeu apoyaban a Trump como Ted Cruz y Josh Hawley, quienes dirigieron un equipo de 14 senadores para oponerse a la certificación de Biden, junto con un centenar de republicanos en la Cámara de Representantes.

Sin embargo, cuando una horda de partidarios de Trump de extrema derecha furiosos se apoderó del edificio del Capitolio, interrumpiendo la sesión del Congreso y enviando a senadores y representantes a esconderse debajo de sus escritorios, este bloque de apoyo a Trump comenzó a ceder. Al final, solo 6 senadores y un puñado de representantes optaron por impugnar los votos electorales a favor de Biden.

Esta crisis se ha estado gestando dentro del Partido Republicano desde antes de que Trump asumiera el cargo. El Partido Republicano fue cada vez más incapaz de contener a los sectores de extrema derecha que crecieron luego de la crisis capitalista de 2008, que llevó a Trump al poder en 2016. Las divisiones sobre el asalto al Capitolio, con un creciente sector de republicanos tratando de distanciarse de Trump, ha hecho que estas fisuras sean innegables. No está claro si el Partido Republicano podrá hacer que los partidarios de Trump regresen al redil o si estos elementos pueden romper en su propia formación política.

Con la crisis económica y la pandemia solo exacerbando la desintegración social que llevó a Trump al poder en 2016, con o sin Trump en el cargo, el establishment de ambos partidos imperialistas enfrenta crisis de hegemonía; un número cada vez mayor de personas tanto de izquierda como de derecha están perdiendo la fe en la “democracia” estadounidense y no ven sus intereses representados por ninguno de los partidos. No es improbable que la expresión más a la derecha de esta crisis continúe por el camino del populismo, ya sea dentro del Partido Republicano o no.


Más allá de la coyuntura inmediata

Lo que sucedió en Washington el miércoles es solo un síntoma de una crisis mucho mayor en el régimen de Estados Unidos. En última instancia, es menos relevante el rumbo que tome el régimen estadounidense para salir de la crisis actual en esta coyuntura, lo sustancial son las grandes contradicciones que quedan para el futuro.

Desde el punto de vista económico y social, por supuesto, lo más importante es seguir de cerca el desarrollo de la crisis como consecuencia de la Pandemia y la depresión de 2020. Desde el punto de vista político, lo más dinámico ( es decir, lo que está cambiando más rápida y abruptamente) es la crisis de las instituciones estadounidenses. Todas esas instituciones que garantizaban la estabilidad del dominio imperialista están en crisis: el colegio electoral, el senado, los dos grandes partidos, la policía, la corte suprema y hasta la presidencia.

El cuestionamiento de las instituciones desde la derecha y desde la izquierda es un elemento de gran inestabilidad, especialmente con una crisis económica en curso. Si la crisis desarrolla fenómenos de lucha de clases como lo que vimos al inicio de la pandemia con los trabajadores de primera línea luchando y luego con la intensificación del movimiento antirracista, hay una gran oportunidad para que la izquierda se fortalezca y construya una alternativa política, para luchar por los explotados y oprimidos de manera independiente del partido demócrata. Si la lucha de clases no se desarrolla (algo improbable) y la política de reforma prevalece en un momento en que el capitalismo estadounidense tiene poco espacio para la reforma, las tendencias para fortalecer a la ultraderecha aumentarán. Sin embargo, se avecinan mayores tensiones y la sinergia entre lo nacional y lo internacional para enfrentar el imperialismo estadounidense será clave en los próximos meses.

La izquierda tiene que sacar conclusiones rápidamente. La lucha de clases debe desarrollarse donde sea posible, apoyando firmemente toda resistencia contra la austeridad capitalista y la opresión racista con un programa que tenga como objetivo cuestionar el capitalismo en su conjunto.

La subordinación al Partido Demócrata es un cáncer que afecta a gran parte de la izquierda estadounidense: hay espacio para la construcción de una organización de la clase trabajadora y los oprimidos completamente independiente del Partido Demócrata. Tal organización debe servir para profundizar la lucha de clases contra nuestros enemigos, para avanzar en la autoorganización de los trabajadores y los oprimidos, y para prepararse para enfrentar a los neoliberales y la ultraderecha no solo en las urnas, en las calles, comunidades y lugares de trabajo; sino también en el ámbito de las ideas y la teoría. En última instancia, los escandalosos eventos en el Capitolio son la expresión de la decadencia de un sistema racista y antidemocrático encabezado por un montón de parásitos que gobiernan para los intereses de los súper ricos y Wall Street.

Fuente: La Izquierda Diario

jueves, 24 de diciembre de 2020

 


miércoles, 16 de diciembre de 2020

ONU adopta histórica resolución propuesta por Costa Rica para declarar el 31 de agosto como el Día Internacional de los Afrodescendientes


* Cien años después de la "Declaración de los Derechos de los Pueblos Negros del Mundo", se reconoce el 31 de agosto como un día para celebrar las extraordinarias contribuciones de los afrodescendientes y las diásporas alrededor del mundo. 


* En sesión de este miércoles, Asamblea General de las Naciones Unidas, adoptó por aclamación proyecto impulsado por Costa Rica y copatrocinado por 52 países de todas las regiones del mundo. 

* “Esta iniciativa busca hacer justicia a las luchas, esperanzas y resistencias de las personas afrodescendientes en todo el mundo”, afirmó la vicepresidenta Epsy Campbell.


New York, 16 de diciembre de 2020. La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) adoptó por aclamación este miércoles una resolución presentada por Costa Rica y copatrocinada por 52 países, para declarar el 31 de agosto como el Día Internacional de las Personas Afrodescendientes.

Anunciada por la vicepresidenta Epsy Campbell Barr en cadena nacional en agosto anterior con motivo de la conmemoración del Mes Histórico de la Afrodescendencia en Costa Rica, la iniciativa pretende reconocer las contribuciones de los afrodescendientes alrededor del mundo y sus luchas para combatir todas las formas de racismo y discriminación racial.

En agosto de 1920 se celebró en Nueva York la Primera Convención Internacional de los Pueblos Negros del Mundo y como resultado de las discusiones, dirigidas por Marcus Garvey con miles de delegados de diferentes países, se adoptó la "Declaración de los Derechos de los Pueblos Negros del Mundo".

Dicha declaración “fue una de las más notables del Siglo XX, al hacer explícitos los derechos a la justicia racial, la igualdad ante la ley, el derecho a la autodeterminación, la libertad de prensa, la libertad de culto religioso, el derecho a una educación ilimitada, así́ como el derecho a la paz, mucho antes de la Declaración Universal de Derechos Humanos”, expresó la vicepresidenta Campbell.

“Esta propuesta presentada por Costa Rica y que ha tenido el apoyo de la Asamblea General de la ONU busca hacer justicia a las luchas, esperanzas y resistencias de las personas afrodescendientes de todo el mundo, trayendo a la luz este hito en un contexto de creciente movilización por la justicia racial, la igualdad y la no discriminación”, añadió.

Por su parte, el ministro de Relaciones Exteriores y Culto, Rodolfo Solano Quirós, agradeció el involucramiento activo y respaldo de los países durante el proceso de negociación.

El canciller Solano destacó que la adopción de esta resolución “refleja el liderazgo que Costa Rica mantiene en materia de Derechos Humanos. Se trata de una resolución no solamente histórica, sino también robusta en su contenido, que reafirma los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de Derechos Humanos, y se fundamenta en la Declaración y Programa de Acción de Durban, y en el Decenio Internacional de los Afrodescendientes”.

En tanto, el Comisionado Presidencial para Asuntos de la Afrodescendencia, Enrique Joseph, aseveró que la celebración del Día Internacional de los Afrodescendientes “contribuirá́ a honrar y preservar la memoria histórica, a promover un mayor conocimiento y respeto de la diversidad humana”.

Amplio respaldo. La resolución adoptada este miércoles tuvo que pasar antes por la aprobación de la Tercera Comisión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde sumó el copatrocinio de Angola, Antigua y Barbuda, Argentina, Armenia, Bahamas, Belice, Bélgica, Bolivia, Brasil, Cabo Verde, Canadá, Colombia, Costa Rica,  Côte d’Ivoire, Cuba, Ecuador, El Salvador, Gambia, Gabón, Granada, Guatemala, Guinea, Guinea Ecuatorial, Guyana, Honduras, India, Jamaica, Kenia, Mali, Malta, México, Marruecos, Mozambique, Namibia, Nigeria, Panamá, Paraguay, Perú, Portugal, República Dominicana, Tanzania, Rusia, Santa Lucía, Santo Tomé y Príncipe, Senegal, Sierra Leona, Suriname, Timor Oriental, Túnez, Uganda, Ucrania y Venezuela.

La elaboración y negociación del texto implicó una coordinación permanente entre el Despacho de la Primera Vicepresidencia, el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto a través del Departamento de Derechos Humanos y Derechos Internacional y la Misión Permanente de Costa Rica ante las Naciones Unidas, liderada por el embajador Rodrigo Alberto Carazo, así como la Oficina del Comisionado Presidencial para Asuntos de la Afrodescendencia. 

En un pronunciamiento de noviembre anterior, la Red Interamericana de Altas Autoridades sobre Políticas para Población Afrodescendiente (RIAFRO) de la Organización de los Estados Americanos (OEA) había instado a los Estados miembros de la ONU a apoyar decididamente la propuesta de Costa Rica para celebrar por primera vez en 2021 el Día Internacional de los Pueblos Afrodescendientes.


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